#LaNotaBienTemperada: Preludio No.02 en Do menor

[Antes de atender la lectura, escuche la pieza cuantas veces requiera para sentirla conexión con la afección correspondiente a la reflexión]


~Preludio No.2 en Do menor~


[Reflexión en torno a la declaración de amor y el lamento por amar, anhelos, suspiros del alma enferma de amor]


<<De igual manera que toda el agua de un cubo se sale si hay en él, aunque sea un agujero pequeño, todas las alegrías del amor abandonarán el alma del hombre si en él hay desamor, aunque sea hacia una persona>>[1]


Mi querido lector,


Antes de empezar, lo cierto es que desconozco su edad y, espero no ser imprudente ante la sugerencia que le daré; tenga próximo a usted una bebida adecuada para pasar los posibles tragos amargos de los que hablaremos hoy. Confío en que no habrá inconveniente si dialogamos acerca del amor. Bueno, un amor en particular, aquel que corresponde a la juventud temprana. Sin importa su edad, empezaré por ser yo quien abra el baúl de sus recuerdos. Cada quien sabrá si los recuerdos correspondientes tienen dos, diez, o cincuenta años. No importa la edad, parece pertinente de vez en cuando echar un vistazo a nuestros aprendizajes, y para esta ocasión le propongo recordar y examinar los lamentos que por amor hemos sufrido, así como las situaciones en las que fuimos acechados por el pensamiento de la persona amada, hasta el punto en el que hemos sentido una asfixiante necesidad de confesar nuestro sentir ¿Por qué sería esto relevante? Dice el filósofo danés, Sören Kierkegaard:

<<Es perfectamente cierto, como dicen los filósofos, que la vida debe ser entendida mirando hacia atrás. Pero olvidan la otra proposición: que debe ser vivida mirando hacia delante. Y si uno reflexiona sobre esa proposición, se hace cada vez más evidente que la vida no puede ser entendida en el tiempo simplemente porque en ningún momento particular puedo encontrar el necesario momento de reposo desde el que entenderla…hacia atrás.[2]>>


[Bien, este es el momento de reposo]


Es probable que yo estuviera en preparatoria cuando la música de trova me empezó a mover de maneras escalofriantes. Escuchaba canciones como Hoy ten miedo de mí, Entre pairos y derivas, Brazos de Sol, Cerca del amor, A punto de Turrón, etc., y yo de verdad sentía que el alma se me desbordaba. De pronto, las palabras tenían tanto sentido y significado que, no quería salir de aquella atmósfera musical. Conociendo esas nuevas emociones tan exaltadas, me sentía como una poetisa. Recreaba mi mundo de tal manera que no cesara el goce de la sensación de estar pasmada. No quería dejar de ser, gustosamente, una dócil víctima en la imparable persecución del nombre e imagen de la persona que amaba.


El 30 de agosto de 1855, Kierkegaard redacta El Instante No. 7, donde habla del peligro de los poetas. Esto me recuerda mucho a esta ingenua actitud que tenía del amor. De tal suerte que, aclaro, emplearé esa concepción de los poetas para aludir a la posible actitud que adoptamos en la juventud. No es que, como Platón, quiera desterrar a los poetas. Es simplemente una metáfora, con la cual tal vez se facilite la dirección de la meditación. Pienso que cuando somos jóvenes, el amor nos vuelve poetas;


<< El poeta se rige sólo por la imaginación; produce lo bueno, lo elevado, lo desinteresado, lo magnánimo, etc., acorde con la distancia entre la imaginación y la realidad. Y a esa distancia, ¡cuán encantador es lo bello, lo noble, lo desinteresado, lo magnánimo, etc.! Si esto por lo contrario, estuviera tan cerca que, me obligara a hacerlo realidad, porque aquel que lo ha producido no era un poeta, sino un hombre de carácter, un testigo de la verdad, que él mismo lo hizo realidad para sí, ¡qué terrible, no se podría soportar![3]>>


El amor de la juventud, sin experiencia, requiere recursos para construir y dar sentido a ese nuevo sentir que abruma con intensidad. Esos recursos son provistos por la imaginación. O, dicho de otro modo, por el espíritu del poeta. Nuestra mente, secuestrada por la imaginación y dirigida por el corazón, se dedican con esmero a crear los escenarios más bellos, con detalles esculpidos, y repetición infinita de las escenas favoritas… hasta que el director grite ¡Corte!, lo cual tal vez sólo ocurre debido a razones que, desde el exterior, despiertan a la mente. Claro, como dice Kierkegaard, a esa distancia de la realidad, todo es hermoso. Y mientras más imaginario tengamos, más autoengañados estaremos, pues más lejanos estaremos de la realidad. Pero esto no importa cuando se vive la emoción por primera vez. Pero falta la llegada de experiencia (de la realidad) para conocer que el daño fue hecho.


Cuando somos jóvenes poetas, el imaginario se encarga de crear escenarios de bajo riesgo. Al poeta le gusta fingir, y lo hace de una manera tan efectiva que es capaz de engañarse a sí mismo. Con esto quiero decir, el mismo poeta se hizo creer que sus sentimientos podían crecer sin límites. Aclaremos, no es que nuestros sentimientos no hayan crecido cada vez que veíamos a esa persona, o que se los saliera el alma si pasaba a lado nuestro, sin embargo, es muy probable que esos sentimientos hayan crecido exponencialmente debido a nuestra potencia imaginativa. Ahora, tampoco estoy dudando que sus sentimientos hayan sido genuinos. Tal vez debamos observarnos en ese momento del tiempo y replantear las siguientes cuestiones: ¿Cuán reales eran los sentimientos? ¿Qué tan objetivos eran? ¿Qué era lo que valorábamos de esa persona? ¿Qué nos hacía anhelarla tanto? Desde luego, para el poeta, en su escenario, todo era real, pero ¿qué queríamos con esa persona?

La juventud, embriagada de sí misma, lo único que parecía atender era el complacer su autoconocimiento. Y con ese mismo impulso de enajenamiento, explorar y cruzar aquellos umbrales que se empiezan a descubrir. No había realmente una proyección futura real, en todo caso era del imaginario del poeta. La juventud, diría yo, presenta miopía temporal. Podemos ver posibilidades de un futuro, pero uno no muy lejano, real y coherente. Por mencionar un ejemplo, el poeta podría crear contextos ficticios de cómo sería la convivencia con la persona amada, o cómo sería hacer una declaración de amor. Es natural que cuando carecemos de experiencia, llevemos a cabo estas actividades simulatorias para prever una situación real.

Si volvemos a escuchar con atención la pieza de J.S. Bach, el presente Preludio, el amor tiene una fase que nos genera inquietud, prisa, una persecución e inquietud, pues…no sabemos qué es lo que podría pasar., y al mismo tiempo queremos explotar y desbordar el sentimiento. Y aunque estemos fascinados con las muestras del poeta, anhelamos la experiencia, esto es, tener la oportunidad de vivirlo en el mundo real. La emoción nos quiere arrebatar, y mientras el poeta trata de canalizarla y disfrutarla, cuando pensamos en materializar nuestros anhelos, surge el miedo. Tal vez lo sepa ya, lo cierto, es que ni teniendo experiencia podríamos saber, por ello es menester actuar. De otra forma, nuestros sentimientos serán siempre parte de una inventiva que no tendrá oportunidad de ser en la realidad.


<<El poeta convierte hábilmente en el más refinado placer aquello que, si se hiciera realidad, se convertiría en el más terrible sufrimiento. En realidad, renunciar a este mundo no es broma. Pero, en la seguridad de poseer este mundo, exaltarse en la atmósfera del poeta en una “hora silenciosa” es un refinadísimo placer[4]>>.


Mi estimado lector, el sufrimiento es inevitable, y es parte de nuestro proceso de crecimiento. La miopía temporal de la juventud nos puede hacer creer que lo importante es ser agradable para la persona amada. Como si agotar nuestra existencia en complacer al ser amado fuera el gran designio por el cual nacemos. Vamos a detenernos un poco aquí: si uno piensa que lo que el poeta nos dice es la verdad, lo que estaremos dando a la otra persona es nuestro propio auto-engaño ¿Qué hemos de hacer? Primero, liberar a nuestros sentimientos del yugo del guion del poeta. Una vez que hemos dado el o los saltos de fe a la experiencia, somos responsables de hacernos de los recursos que antes sólo podíamos obtener del poeta.

Liberar a los sentimientos nos darán aprendizajes que percibiremos amargos y sin razón. La miopía temporal de la juventud corre con mucha prisa y no contempla que la realidad tendrá dificultades; algo tan simple como la libertad de la otra persona. El poeta nos ha engañado, no ha hecho creer que hay un solo guion, cuando las divergencias de la realidad siempre aconsejan e inspiran la improvisación. El poeta nos ha demandado colmar nuestros deseos de poseer a la otra persona, y... ¿qué es esto? ¿Besar a la persona amada? ¿Tomar su mano? ¿Qué más? Parece que poeta no es un literato capaz de extender un desarrollo y un desenlace con un argumento suficientemente verosímil.



El poeta nos puede burlar, haciéndonos pensar que somos héroes en una tragedia. El poeta puede engañarnos y mantener un velo que impide ver la realidad. Aunque se trate de una tragedia, el poeta sigue siendo el que dictamina cómo fue la escena. Es decir, le gusta tener control de lo que sucede y ponerse en el espacio más seguro posible. Con otras palabras, el poeta siempre estará buscando la certidumbre. Por eso, aún si es una tragedia y nos espera un final fatal, el poeta se va a quedar con la versión ficticia porque teme a lo real. Prefiere quedarse con esa certidumbre ficticia antes de que el sufrimiento en la realidad sea un dolor incapaz de manejar. Creo que ahora es visible el problema del poeta; no sale al mundo real, está enfermo y extraviado, no le gusta la libertad de la contingencia.


<<Y el hombre ama al poeta más que nadie porque para él es el más peligroso; pues esto suele ser parte de la enfermedad, desear con vehemencia amar más aquello que es dañino para el enfermo. Pero desde el punto de vista espiritual, el hombre está enfermo en su estado natural, está en extravío, en un autoengaño, y por eso desea ante todo ser engañado, para que no sólo no pueda permanecer en el extravío, sino que pueda encontrarse a gusto con el engaño[5]>>.



Estar extraviado es estarlo en el autoengaño, dentro del mundo del poeta. Aunque el poeta tenga las mejores intenciones de mantenernos a salvo y felices en un mundo cautelosamente moderado, hemos de buscar actuar en el mundo real, sin simuladores, con dolor y sufrimiento real. Veamos algunas divergencias: El poeta nos demanda prontitud, presteza, urgencia. Mientras que la realidad exige y precisa tener paciencia para el cultivo ¿Cultivo de qué?; por un lado, de nuestros propios recursos emocionales e intelectuales, y por otro, para el de el vínculo con las otras personas.


Para confrontar la adversidad, aun con cierto temor, requiere de valentía. No hay prisa. La valentía viene con el cultivo y cavilación de nuestras propias experiencias, y si no tenemos experiencias, seguiremos siendo dependientes del poeta como fuente principal de recursos emocionales. Cuando la experiencia llega, suele dejar su marca con dolor, y no conforme con eso, no obliga a decidir ¿Vas a continuar o te quedarás viendo hacia atrás? Quedarse viendo hacia atrás, es lo mismo que quedarse contemplando la herida, y aunque tal vez lloremos y gritemos, no lograremos sanarla, sino evadirla. Por otra parte, la elección de continuar también se lleva el dolor, pero conforme sigue caminando, la herida va quedando cada vez más pequeña a la vista y al sentir.

Con esas elecciones que tomamos nos vamos relacionando con los demás. De tal manera que, si desde el primer amor le dejamos la directiva al poeta, tal vez ahora podamos reparar en que lo que hemos estado actuando ha sido a base de nuestros propios autoengaños. Tenga cuidado, el poeta suele amar demasiado la ficción. No vaya a ser que se dé cuenta que dejó de vivir por miedos ficticios e imaginarios de un poeta que no se superó como héroe de tragedia. El poeta no es el dueño de su seguridad, ni autoestima, ni libertad. No permita que, si alguna vez el poeta se manifestó víctima de la más fatal tragedia, dé usted razón a no permitirse tener más experiencias. El poeta es orgulloso y soberbio, no admitirá que su guion no haya sido aceptado para ser interpretado en la realidad. Y señalemos con mucha claridad, la persona amada no está obligada a someterse a la directiva del poeta.


El amor que surge de la experiencia es capaz de reconocer la libertad de la persona amada; libre de nuestra persona, libre de nuestras necesidades y de nuestros imaginarios, y libre con todas sus posibilidades. Cuando el amor es libre, ¡Cuán hermoso es ser elegido!, pues, entre todo lo que pudo escoger, tomo la decisión de ser yo con quién vivir, compartir y agotar parte de su existencia ¿Puede ver la importancia de ser paciente? El tiempo que usted dedica a una persona es un cultivo, y siempre existe la posibilidad de que den o no los frutos esperados. En cualquier caso, es un tiempo que no vuelve. No por ello le sugiero que eche raíces. Recuerde, no se trata que dejar la mirada en le horizonte, viendo el cultivo se quemó, porque finalmente quedarse viendo lo que fue, también es tiempo que no vuelve. Es tiempo y vida con el cual podría estar caminando pacientemente, sanando, hasta que la distancia sea la suficiente para no sentir el mismo dolor.



Dos cosas le quiero decir respecto a las confesiones de amor. En primer lugar; la primera confesión se la debe hacer usted a su persona ¿Es un amor poético o real? Si usted ya se dio cuenta que tiene que hablar con el poeta, hágalo. No se trata de desemplearlo, censurarlo o aniquilarlo. Llegue a un acuerdo para que sus actividades sean moderadas y más objetivas; sin mucho drama, sin mucha ficción.


<<Situación. Un hombre quiere hacer una importante confesión, pero le hombre ante el que desea sincerarse no comparece, así que dice una cosa totalmente diferente… La mayoría de los hombres son subjetivos consigo mismos y objetivos con los demás, a veces terriblemente objetivos; pero la auténtica tarea es ser objetivos con nosotros y subjetivos con los otros[6]>>


Otros dos puntos podemos señalar; es por hecho que el otro (la persona amada) con su libertad, siempre va a ser contingencia. Sólo podemos moderar, pues no es cuestión de un control absoluto, lo que está en nuestras manos, que es nuestro aprendizaje. Esto nos lleva al segundo punto; el sufrimiento también es un hecho. Y si lo evita, más pierde usted.


La segunda cuestión respecto a las confesiones de amor, después de haber examinado si los sentimientos son ficticias o reales, confiésese también a usted ¿Tiene algún pendiente? ¿Tiene algo que decir o hacer? El amor requiere cultivo, empezando por nuestros propios recursos. Nosotros somos capaces de reconocer cuando tenemos algo por ofrecer o cuando buscamos cubrir una necesidad poética. Le podría casi asegurar que la experiencia con aprendizaje es lo que nos llena de recursos, y desde luego, eso lleva tiempo. Con ello nos volvemos una persona con valía que, cuando reconoce que tiene a una persona amada, ya no actúa para complacerla porque ese sea el fin en sí mismo. Complace y puede dar a la persona amada porque en su naturaleza están esos abundantes recursos que no dependen de una circunstancia temporal. Es decir, no te vuelves una persona agradable por la otra persona. La otra persona no es causa principal de la valía propia. Por eso, si esa persona se va, las virtudes y valores propios se quedan, no tienen que ser mutilados.



Entonces, ¿ya regresó la mirada hacia adelante o la había dejado en el pasado? ¡Salga al mundo! Cultívese con paciencia, tome su tiempo para detectar los aprendizajes demorados y reconocer los obtenidos. Si tiene pendientes, decida si estos se quedarán como un cúmulo de ficciones y sueños reprimidos, o si quiere permitirse conocerse libre, dando saltos de fe… tomando decisiones en el contingente e incierto mundo. Con prudencia y sin olvidar la libertad de la otra persona, atrévase a expresar su sentir fuera el imaginario del poeta, fuera de la ficción regulada y controlada.


Ahora que hemos abierto el baúl de nuestros recuerdos, dígame, mi querido lector, ¿su forma de amar ha madurado o sigue siendo usted un poeta enfermo?





[1] Tolstoi, L. 2019. Aforismos. México: Fondo de Cultura Económica. Pág. 49.

[2] Auden, W.H. 2013. El Pensamiento Vivo de Kierkegaard. México: NYRB, Duomo & CONACULTA. Pág. 27.

[3] Kierkegaard. S. 2006. El Instante. Madrid: Editorial Trotta. Pág. 111. [4] Kierkegaard. S. 2006., Op.cit., Pág. 112. [5] Kierkegaard. S. 2006., Op.cit., Pág. 111. [6]Auden, W.H. 2013. Op. Cit., Íbidem.


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