#LaNotaBienTemperada: Preludio No.04 en Do# menor

[Antes de atender la lectura, escuche la pieza cuantas veces requiera para sentirla con la afección correspondiente a la reflexión]


~Preludio No.04 en Do # menor~


[Reflexión en torno al lamento penitencial, la conversación íntima con Dios, el amigo o el compañero de juego de toda la vida y el suspiro por el amor insatisfecho que es rodeado por la amistad]


Mi dilecto lector,


Imagino que, de vez en cuando es normal sentirse perdido, cansado, con desprecio o culpa, avergonzado, humillado y herido, irresuelto, pendiente y en deuda con usted mismo ¿Qué hace usted cuando está colmado de vacío? ¿Se lo ha preguntado hoy…o, alguna vez…? Si no es así, no era mi intención atormentar su día. Tiene razón en molestarse ¡¿Quién soy yo para aturrullar su alma con pensamientos lacerantes?!¿Quién soy yo para generar un malestar en usted? Un malestar es un mal. Desde luego que eso no es la intención que motiva mi escribir. Disculpe si algún dolor le han causado o causan mis palabras.

¡Le pido que no se vaya…! Yo también he tenido dolor. Yo también guardo inexplicables dolores en mi corazón que, ocasionalmente, llevo a mi voz y a mi tintero. Eso, en el mejor de los casos. Ahora, es verdad; escribir puede ser una forma de materializar alguna de nuestras dolencias, así como lo puede ser pintar, esculpir, u otras formas creativas, pero…No siempre es fácil encontrar o descubrir el método más fortuito ¿No ha estado en una situación en la que considera que escribir es la vía más prudente?... Porque, de hacerlo frente a alguien… las palabras se rompen antes de siquiera ser aliento. La presencia del otro se impone ante nosotros… como exigiéndonos justicia: una palabra, una explicación, una resolución. La culpa que sentimos es un síntoma que nos señala que, efectivamente, nos corresponde ofrecer algo.

Sentir culpa, permítame decirlo del modesto modo que se me ocurre, es el reconocimiento de un error. Puntualicemos que todos llevamos un aprendizaje diferente, y ello implica que el error siempre es una posibilidad y certeza. Es latente, puesto que no hay un área de aprendizaje que seamos capaces de agotar. En nuestro proceso formativo, debe haber un equilibrio. Ya que, por un lado, no es juicioso cargar con la culpa permanentemente. Es un peso con derecho a ser liberado tras experimentar el arrepentimiento auténtico. Por otra parte, tampoco hemos de buscar aventajarnos. Consienta que desarrolle mejor este último punto; parece que también podemos retroceder en nuestro curso, pues, con el tiempo adquirimos conocimientos dentro de los cuales es posible detectar que algunas decisiones perjudican y obramos a sabiendas de infortunio que causaremos.

Cuando no hay un reconocimiento del error, caemos en la arrogancia. ¿Se da cuenta? ¡La culpa nos recuerda que hay luz en nosotros! Con otras palabras, no somos del todo unas bestias irracionales e insensibles ¡No! Hay salvación. Nos queda, aunque sea un ápice de bondad y humildad con las que somos capaces de aceptar que no sabíamos algo y que, para nuestra mala suerte, esa ignorancia causó tremendos daños colaterales. El primero agraviado es uno mismo. Un gran Maestro decía <<No puedes hacerte daño a ti mismo sin hacer daño a los demás>>. Podemos concluir de ahí que, habrá al menos una persona (o algo) más que se vea afectada.

Asumiendo que el curso de nuestra razón y sentido de virtud gobiernan nuestros actos, y que la lucidez tuvo la gentileza de posarse sobre nuestra mundana y pecaminosa existencia, así es factible reconocer el error y, el siguiente paso sería un arrepentimiento genuino. Le explico, es muy simple; es como darse cuenta que no sólo te lastimaste la mano, sino que también quedó herida la cara de un cristiano “X” que golpeaste. Y así como tú sientes el dolor, sabes que la otra persona también tiene dolor y, que fue causado por ti. Por medio de tu propio dolor entiendes el del otro. No tiene que ser exactamente el mismo, el punto es generar empatía, y detectar que uno ha sido el agente generador de un mal. Lo idóneo sería que esa empatía suscite en nosotros una iniciativa para enmendar el daño causado, es decir, vamos a procurar, cuidar y sanar al otro porque así nos nace hacerlo.


Cuando decimos un arrepentimiento genuino, pienso en Pedro Abelardo, para él la moral <<es una moral de la intención. No es la acción lo que cuenta, sino la intención, una buena intención, no aparente>>[1] De tal suerte que el arrepentimiento es lo que determina si la acción a seguir es legítima o no. Seguimos asumiendo que la gracia divina nos está guiando y nuestra intención resulta ser buena, ésta aspirará a que la acción a realizar favorezca una reconciliación.

Para que la otra parte ceda y quiera reconciliarse con nosotros, nosotros hemos de ofrecer, de manera explícita, una acción o algo que anuncie nuestra legítima intención: un perdón, una disculpa, o algo creativo que amerite la ocasión. A veces las palabras alcanzan, a veces las palabras quedan en las sombras de los actos precedentes. Lo más importante es que el acto -en general- en el presente esté colmado de esa buena intención, y desde luego, procurar su congruencia posterior. Tampoco hemos de atormentarnos si la otra persona no nos otorga alguna de las dos cosas, también es importante la reconciliación con uno mismo, de otra manera viviremos con muchos suplicios. Ya hemos dicho, si hay arrepentimiento genuino, uno tiene derecho a soltar la culpa sin importar lo que la otra persona haya decidido, ese ya será el aprendizaje del otro. Ahora, lo mismo hemos de asumir nosotros, lo que nos corresponde y nada más. La amargura también se arraiga por no comprender que merecemos tener paciencia con nuestros aprendizajes. Sí, el dolor lleva tiempo para disiparse, pero más conveniente es dedicarle un tiempo específico a sanarlo, que a cargar con un fantasma que con el paso de los años gravita con más pesadez.


De suyo, es un tema complicado, y, aun así, puede tornarse aún más complicado cuando suponemos que hay una(s) entidad(es) que ve(n) y sabe(n) todo. Es decir, ¿Si ya se sabe(n)? ¿Cuál es el punto de confesarlo? Además de que, la epístola tal vez no sea el medio más efectivo ¿La voz será suficiente? Regresemos a la primera cuestión: Si Dios/La Divinidad/La Providencia/ “(Escriba aquí el nombre que guste)”, ya sabe(n) todo… ¡Todo! Ya sabe(n) que la regué otra vez y de la misma manera, ¿cuál es el objetivo de decir algo que todos ya sabemos? ¿Para qué volver a pasar la pena?, diría uno. Y Pedro Abelardo diría <<Justamente de eso se trata>>.


Hacia el año 1132, Pedro Abelardo (1079-1142) escribe Historia Calamitatum (Historia de mis calamidades), o también conocida como Abaelardi ad Amicum Suum Consolatoria. Más allá de ser un escrito deprimente y lleno de chismes de la historia medieval tardía de occidente, es una epístola que Abelardo redacta a un amigo ficticio. En ella, se intenciona a desnudar su alma y, contarle a su amigo todas sus venturas y desventuras. Le cuenta de sus momentos de éxito y fama, de arrogancia y soberbia.


<<Yo me creía entonces el único filósofo de la tierra; ningún ataque me parecía de temer. Yo, que hasta entonces había vivido en una estricta continencia, comencé a dar rienda suelta a mis deseos. A medida que avanzaba en el estudio de la filosofía y de la teología, la impureza de mi espíritu me alejaba más de los filósofos y de los santos.[2]>>


Entre sus relatos no puede omitir su encuentro con Eloísa y su asombro ante la brillante y hermosa estudiante, con quien terminó por aprender que los besos dejan sin aliento, las caricias fantasmales secuestran al pensamiento, la ausencia prolonga los tiempos y distancias, la pasión se encarna y, si eres un hombre de fe, el precio por degustar un poco del encanto puede ser la castración.


<< ¿Qué puedo agregar? Un mismo techo nos reunió; después, un mismo corazón. Bajo el pretexto de estudiar, nos entregábamos enteramente al amor. Las lecciones nos pronunciaban esos tête-a-tête secretos que el amor anhela. Los libros permanecían abiertos, pero el amor, más que la lectura, era el tema de nuestros diálogos; intercambiábamos más besos que ideas sabias.[3]>>


Es la historia de un hombre exiliado, envidiado, idolatrado por sus enormes conocimientos filosóficos y teológicos, por su exquisita manera de expresarse oral y literariamente. Fue un hombre que vivió en la cúspide del mundo intelectual, gozando de gran fama y aprecio, pero también experimentó la pérdida de un amor, un hogar, lealtad y fe. Hubo de pasar mucho tiempo en silencio y aislado para volver a conseguir su reconciliación con él, con Dios, con la vida y con Eloísa.



<< {{Los vicios penetran en el alma a través de los sentidos como puertas. {…] “La muerte ha entrado por vuestras ventanas”. Cuando por esas aberturas el enemigo penetra en la fortaleza de nuestra alma, ¿dónde se refugia la libertad? ¿Dónde su coraje? ¿O el pensamiento de Dios? Más aún: la imaginación pinta los placeres pasados, el recuerdo de acciones perversas obliga al espíritu a realizarlas y se convierte en culpable aun si no las comete}}. Esta es la razón por la cual numerosos filósofos prefieren alejarse de la turbulencia de las ciudades, y abandonar también esos jardines de placer donde la frescura de las tierras regadas, el follaje de los árboles, el gorjeo de los pájaros, las fuentes espejeantes, el murmullo de los arroyos y tantas otras delicias solicitan la mirada y el oído; temen que el lujo o la abundancia debilite la fuerza de su alma y manche su pureza.[4]>>


Historia Calamintatum está repleta de detalles que pretenden poner de manifiesto lo bueno y lo malo, pues, para Abelardo, este es el estudio para encaminarse a la felicidad o desgracia. La intención de su escrito, lo interpreto como un verdadero acto penitencial. El filósofo describe la penitencia como el <<dolor del alma por aquello en lo que ha delinquido.[5]>> Y, el remedio para sanar las heridas del alma consiste en: la penitencia o arrepentimiento, la confesión y la satisfacción[6]. El hecho de narrar su historia representa una confesión verdadera. La transparencia de sus palabras pone en esplendor su dolor y arrepentimiento, pues, precisamente, el hecho de recordar los sucesos es volver a vivir la pena de lo sucedido. Es un reconocimiento que resignifica el pasado para intencionarlo a una genuina reconciliación. Es asumir la responsabilidad que corresponde y ofrecer un acto que materializa la intención, la prueba de veracidad está en el dolor que implica el compromiso e intención del acto.


<<[…] aquel que se irrita ante una prueba que sabe dispensada por la Providencia, peca gravemente contra la justicia; siguiendo su propia inclinación, más que la intención divina, pronuncia con la boca la palabra fiat, pero su corazón rechaza esta idea y hace primar su voluntad sobre la de Aquel que está en las alturas.[7]>>



Mi querido lector, todos estamos expuestos a las calamidades. Todos estamos comprometidos a aceptar o rechazar nuestro aprendizaje. La exhortación de Pedro Abelardo y mía, es la de permitirse sanar las heridas de su alma. La auto-examinación puede ser dolorosa, aún más la confesión. Sin embargo, es más lastimoso no hacerlo. Tal como sugiere Abelardo, el acto de confesión ha de ser verdadero, con otras palabras, no lo haga si en su corazón no ha sentido el verdadero arrepentimiento. No es un acto que se haga por hacer. Éste ha de ser un acto lleno de significado.


No siempre tenemos las palabras adecuadas, no siempre las palabras alcanzan ¿La voz alcanzará? Eso me hace pensar en la música. Existe una pieza, dentro de Rito Ordinario, que expresa esta petición de piedad, misericordia y compasión. Es una pieza singular, ya que, cuando la misa empezó a ser oficialmente en latín, los cantos se homologaron a dicha lengua, excepto este peculiar canto; Κύριε ελέησον (Kýrie eléison), o mejor conocido como Señor, ten piedad. Parece ser que el latín tenía ciertas limitaciones que no permitían expresar en manera tan poderosa y concisa lo que en griego sí se podía.

κύριος (kyrios: «señor»)


ἐλέησον (es imperativo aoristo del verbo ἐλεέω «compadecerse»)


El canto suele tener una estructura en la que primero se canta Kyrie eleison, luego, Christe eleison, y vuelve a repetirse Kyrie eleison. Esto es: Señor, ten piedad (de nosotros). Cristo, ten piedad (de nosotros). Señor, ten piedad (de nosotros).

Pienso que, sin importar la religión que usted profese, uno necesita pedir compasión y un momento más favorable en el que podamos requilibrarnos y reconciliarnos con los diferentes aspectos que constituyen nuestro ser. Por ello, pese a ser un canto litúrgico, la reflexión que puede darse a este canto es muy común a todo ser humano. Todos tenemos una historia de nuestras calamidades, todos estamos en el constante error y aprendizaje.

Tal vez esa sea la razón por la cuál San Benito integró este canto en la tradición de la Liturgia de las Horas[8], como una especie de hábito de constante introspección, identificación de las heridas del alma, reconciliación y religación con Dios. Lo único que pretendo con esta exposición es reflexionar con diferentes gamas de elementos. Insisto, más allá de su religión o no-religión, lo invito a escuchar, reflexionar y sentir lo que envuelven las muchas versiones musicales de este canto.


Lo dejo a solas para que pueda pensar, auto-examinarse y acompañarse de música que pueda complementar lo que no alcanza a expresarse con palabras.

“La providencia divina preside toda nuestra vida. Nada ocurre por azar, ni sin el permiso de la Bondad todopoderosa: esta idea debe alcanzar para consolar a los fieles en sus pruebas. Todo hecho contrario en principio al orden providencial es prontamente conducido por Dios a un buen fin. Es justo, pues, repetir en cuanto a este tema: <<Hágase tu voluntad.[9]>>”


Lecturas recomendadas:


Pedro Aberlado, Conócete a ti mismo.

Trad. Cristina Peri-Rossi. 2007. Cartas de Abelardo y Helosisa, En favor de Heloísa por Carme Riera, Historia Calamitatum. Barcelona: Medievalia.

José Luis Corral, El amor y la muerte: La tragedia de Eloísa y Abelardo. (Novela)


[Todas las piezas sugeridas son anexadas cada semana a la Playlist La Nota Bien Temperada de Spotify]

[1]Trad. Santridrián, R, E. 2002. Pedro Abelardo. Conócete a ti mismo. Madrid: Tecnos. Pág. XXXI. [2] Trad. Peri-Rossi, C. 2007. Cartas de Abelardo y Helosisa, En favor de Heloísa por Carme Riera, Historia Calamitatum. Barcelona: Medievalia. Pág. 50. [3] Trad. Peri-Rossi, C. 2007. Op. Cit., Pág. 52. [4] Trad. Peri-Rossi, C. 2007. Op. Cit., Pág. 72. [5]Trad. Peri-Rossi, C. 2007. Op. Cit., Pág. 70. [6] Cfr. Trad. Peri-Rossi, C. 2007. Op. Cit., Pág. 69. [7] Trad. Peri-Rossi, C. 2007. Op. Cit., Pág. 87. [8] Cfr. http://www.manquehue.org/wp-content/uploads/2020/05/1095.pdf [9] Trad. Peri-Rossi, C. 2007. Op. Cit., PP. 86-87.

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