• Luis Ernesto González

#FugasLiterarias Literatura e Identidad (1): La Decisión

Bienvenido sea, mi amigo. Me permitiré hablarle así, pues, en la anterior entrada, dijimos que no hay mejor formar para conocer a una persona sino leyéndola. Y usted, querido amigo, ya sabe más de mí que muchas personas que me conocen físicamente. Está y estará conociendo mis ideas, mis pasiones; mi identidad. Y es justo ese fenómeno que otorga la literatura y la poesía, el tema que nos reúne ahora.


La identidad, es aquello que nos define dentro de toda una serie de variedades susceptibles a ambigüedades, como el cuerpo, la cara, o la voz. Un cuerpo humano mantendrá las características más generales como para identificarlo como cuerpo humano; y, a su vez, mantendrá pequeñas pero importantes diferencias que lo harán único. No obstante, que sea único no basta para que defina a una persona. ¿Cree que su cuerpo, con sus generalidades y sus particulares lo definan de manera satisfactoria? Me atrevo a asegurar que no es así. Entonces, ¿en qué punto nos definimos? ¿Cuál es el origen de nuestra identidad? ¿Cómo se constituye nuestra persona? Estas son preguntas favoritas para todo filósofo. Y es cierto que, la adicción del filósofo, es encontrar un tema ya de por sí difícil, para luego formular sistemas incomprensibles para alguna persona ajena a las tradiciones filosóficas.



Pero, mi amigo, esta Fuga no tratará de ello. No abordaré deducciones que requieran abstracciones fuera de un primer sentido común, y que requieran un conocimiento en la historia de la Filosofía. No, no es intención de volver este espacio en una extensión de un ejercicio académico. Sino que, apelaré a algo más habitual, a nuestras decisiones. Pues, son las decisiones las que determinan no sólo nuestras acciones, sino también determinan nuestros ideales, las afamadas luchas en las que participamos.


Pensemos, por poner un ejemplo, en el momento donde la universidad se abre, irremediablemente, ante nosotros; es ahí donde encontramos una náusea, un temor y hasta una ansiedad que ruboriza hasta el vello más fino de nuestra piel. Y, además, la piel en tanto el órgano más amplio y susceptible de todo el cuerpo, se vuelve un traje ya no sólo extraño, sino ajeno, frío, inmanejable, tortuoso. Si usted está por estudiar algo y no se encuentra seguro, o segura, de si está haciendo lo correcto, o, por el contrario, es usted una persona que ya se encuentra en la facultad de alguna universidad, o, ¿por qué no? Ya terminó su carrera, pero aún está indeciso o indecisa si usted tomó la decisión correcta; entonces, usted podrá comprender la desesperación que he descrito.



En realidad, lo anterior se puede resumir bajo la siguiente pregunta: ¿Usted, mi amigo, es feliz con las decisiones que ha tomado?



Durante las últimas etapas de la Segunda Guerra Mundial, en 1944, Albert Camus, escritor francés, publicó la que sería su obra de teatro más recordada de su corpus literario, Calígula. La obra de teatro, dividida en 4 actos, cuenta las razones de las medidas políticas que tomó el emperador Calígula después de la muerte de su hermana y amante, Drusila; inspirándose de un hecho histórico, Camus ahonda en la pérdida del emperador con el fin de encontrar una razón a su próximo estado de locura y de gobierno intransigente, haciéndonos ver que la muerte del amor es lo que le hace ver a Calígula la verdad del mundo. A continuación, amigo mío, un extracto de la cuarta escena del primer acto:


HELICÓN. ¿Y qué querías?

CALÍGULA (Siempre con naturalidad). La luna.

HELICÓN. ¿Qué?

CALÍGULA. Sí, quería la luna.

(…)

CALÍGULA. Piensas que estoy loco.

(…)

CALÍGULA. Sí. ¡En fin! Pero no estoy loco y aún más: nunca he sido tan razonable.

Simplemente, sentí en mí de pronto una necesidad de imposible.

(Pausa.) Las cosas tal como son, no me parecen satisfactoria.

CALÍGULA. Antes no lo sabía. Ahora lo sé. (Siempre con naturalidad.) El mundo, tal como está, no es soportable. Por eso necesito la luna o la dicha, o la inmortalidad, algo descabellado quizá, pero que no sea de este mundo.

(…)

CALÍGULA (Levantándose, pero con la misma sencillez). (…) También sé lo que piensas. ¡Cuántas historias por la muerte de una mujer! Pero no es eso. Creo recordar, es cierto, que hace unos días murió una mujer a quien yo amaba. ¿Pero qué es el amor? Poca cosa. Esa muerte no significa nada, te lo juro; sólo es la señal de una verdad que me hace necesaria la luna. Es una verdad muy simple y muy clara, un poco tonta, pero difícil de descubrir y pesada de llevar.

HELICÓN. ¿Y cuál es la verdad?

CALÍGULA (apartado, en tono neutro). Los hombres mueren y no son felices. [1]


Los hombres mueren, y al morir, desconocen lo que es la felicidad; o peor aún, añoran la felicidad que ahora le es ajena. En el mundo, persisten muchas dolencias, pero ninguna dolencia es tan irritante, asfixiante y convulsiva que la de la infelicidad. Sin importar los motivos. La razón por la cual Calígula comenzaría su gobierno de terror, de capricho y de completa autocracia, no fue en sí la muerte de su hermana-amante Drusila, sino, fue que en su muerte descubrió el terrible horror que la vida cotidiana oculta, morir viviendo una vida sin haberla amado, sin ser feliz con ella. La locura de Calígula, podría expresarse en que fue lo suficientemente cuerdo como para dar cuenta de que se vive sin vivir; obligando, por ende, a que las personas de su imperio se encuentren con esa verdad. La lógica retorcida de un genocida y tirano se vuelve entonces en una lucha para que sus gobernados se encaren con la verdad que él ha descubierto; Calígula deja de ser un monstruo para convertirse en un especie de Prometeo, trayendo ante nosotros el verdadero conocimiento. La violencia y el terror que dio Calígula a la historia, acorde a la obra de Camus, es un llamado para darnos cuenta del sufrimiento que todo ser humano puede, o ya está padeciendo, y que hasta ahora hemos sido sordos ante sus rechinidos y gritos. De hecho, mi amigo, existe ya un poema dentro de nuestras letras mexicanas que, en su selecto uso de las palabras, da a nuestra imaginación y a nuestra alma, el asomo del dolor que circula por el mundo, a causa de la infelicidad. A continuación, un extracto del poema “Hacia la noche las pasiones giran”, de Rubén Bonifaz Nuño:


Paz a los hombres que sufrieron el silencio, como si ya nunca fueran a escuchar a la que aman; a los que amaron en ausencia; a los que en vano la esperaron. [2]

Bonifaz exhorta al lector una reflexión sobre el sufrimiento y la vida infeliz. Pareciera una enfermedad, una Enfermedad Mortal. De hecho, es así cómo lo describe el filósofo existencialista, Søren Kierkegaard, en su libro homónimo. Pero, con este filósofo y existencialista danés, como con todo buen filósofo, se puede hablar horas y horas y escribir hojas y hojas de su filosofía o justamente de esta obra por sí sola; no obstante, sólo abordaré una bella, y traumática, descripción que aporta Kierkegaard, con el fin de penetrar más en la presencia de dicha infelicidad en el mundo:


“¡Ah, en el mundo se habla muchísimo de las calamidades y miserias humanas! (…) ¡En el mundo también se habla muchísimo de las vidas desperdiciadas! Sin embargo, no hay más que una vida desperdiciadas, la del hombre que vivió toda su vida engañado por las alegrías o cuidados de la vida; la del hombre que nunca se decidió con una decisión eterna en cuanto a espíritu, en cuanto yo; (…). ¡Ay, de esa miseria no se habla! (…), seas hombre o mujer, rico o pobre, dependiente o independiente, dichoso o desgraciado…, seas monarca que portó con esplendor la colonia real o uno que desapercibido por completo tuvo que sufrir las molestias y los rigores del día…” [3]

Cada palabra pronunciada merecería una examinación exhaustiva para poder ahondar en la profunda y traumática filosofía de Kierkegaard, pero recordemos amigo el tema de esta Fuga. La decisión se vuelve no sólo la parte crucial por la cual logramos una identidad; sino, también, y en gran parte por ello, se vuelve el punto cumbre de nuestra vida. Tanto el existencialista danés como el existencialista francés concuerdan que la mayor calamidad y dolor en el mundo es el hecho de estar viviendo una vida de manera desinteresada, y el poeta mexicano supo expresarlo en su poema. Pero, ¿y ahora? ¿Cómo podrá ser posible librarse de la enfermad mortal de la miseria, la desesperación de no amar la vida? Pues, tanto Kierkegaard como Camus tienen sus respectivas soluciones, pero, para este espacio, acudiré al escritor y poeta Rainer María Rilke.


En febrero de 1903, aun lejano el próximo trauma de la Primera Guerra Mundial, en un tiempo de paz (armada) en Europa, un ya reconocido Rilke recibe una carta, y dentro de ella, un poema. Un joven de apenas 19 años, animado por saber que su profesor fue también del gran poeta Rilke, encuentra la seguridad para mandarle tanto un poema suyo como para compartirle sus inseguridades. ¿Estará haciendo bien en querer dedicarse a la poesía y a la literatura? Le gusta, pero, ¿cómo asegurarse de ello? Está en una escuela militar, ¿qué hace leyendo y escribiendo poesía? Las preguntas máximas de cualquier persona, al momento de tomar la decisión eterna de su vida, la que configurará a su vida una identidad. Clave momento para vivir una vida y amarla, o sólo vivir. Rilke le responde, y no tiene miramientos para decirle que su poema no tiene voz; es decir, no tiene identidad:


"Los Poemas aún no son nada en sí mismo, nada independiente, ni siquiera el último y el dedicado a Leopardi.” [4]


No obstante, la crítica tiene también su solución. Rilke no dice lo que dice sólo por alguna necesidad de denigrar a todo intento de poeta porque sí. Rilke entiende por qué los poemas del joven no tienen voz, no tienen identidad, y es por su constante inseguridad; una inseguridad que lo hace dependiente siempre de una opinión ajena. Es ahí donde apunta Rilke:


"Preguntáis si sus versos son buenos. Me lo preguntáis. Antes se lo habéis preguntado a otros. (…) Miráis hacia afuera y eso es lo último que debéis hacer ahora. Nadie puede aconsejaros o ayudaros, nadie. Sólo hay un medio. Adentraos en vos mismo. Investigad la razón que os lleva a escribir; comprobad si extienden sus raíces en lo más profundo de vuestro corazón, reconoced si murierais si os prohibieran escribir. (…) Excavad en vos buscando una respuesta profunda. Y si fuera afirmativa, si os enfrentaseis a esta pregunta crucial con un poderoso y simple ‘sí, debo’, entonces organizad vuestra vida siguiendo esta necesidad.[5]


Rilke da una lección, no sólo al joven a quien le escribe, tampoco sólo a los jóvenes que quieren ser poetas y/o escritores, sino también a cada uno que trata de hallar respuesta en alguien más. Alguien que quiere confirmar; quiere las respuestas, no se cansa de buscarlas en los demás, pero, no se atreve a estar solo consigo mismo. ¡He ahí el llamado que hace Rilke, mi amigo! No busques en otro, sino en ti mismo. Apreciemos la soledad que nos inunda en los días o en las noches, porque sólo ahí podremos ser verdaderamente honestos con nosotros, y podremos en verdad apreciar la vida; saber si la amamos o si sólo nos estamos engañando. No obstante, no escandalice amigo si usted le tiene pavor a la soledad, no le rehúya. El propio Rilke nos trata de calmar:


“Pero si entonces notáis que la soledad es grande, alegraos por ello, porque, ¿qué sería una soledad que no conllevara grandez? Sólo existe una soledad y es grande y no es fácil de sobrellevar. (…) Lo necesario es esto solamente: soledad, una soledad grande e íntima. Adentrarse con uno mismo y no encontrarse con nadie durante horas; (…). Estar solo como se estaba cuando se era niño, cuando los adultos caminaban alrededor ocupados con asuntos que parecían grandes e importantes (…). Y cuando llega el día en que uno se da cuenta de que sus ocupaciones son miserables, sus profesiones son frías y ya no están vinculadas con la vida. ¿Por qué no seguir mirándolo como un niño mira a un extraño desde las profundidades de su propio mundo, desde la distancia de la propia soledad que es al mismo tiempo ocupación, rango y profesión? (…) prestadle atención aquello que sucede en vos y colocadlo por encima de todo[6]


Es así cómo Rilke exhorta regresar a la soledad de la infancia, libre de las ocupaciones ajenas de la vida, mantener la profesión de la soledad, porque es ahí donde encontraremos nuestra libertad, y también la posibilidad de vivir una verdadera vida. Es, de hecho, el concejo principal de Rilke a través de toda la correspondencia que hubo entre el joven y el famoso poeta. Aún ante la desesperación de la enfermedad mortal de morir viviendo sin la decisión eterna de Kierkegaard, aún ante la tiranía de un asustado Calígula al darse cuenta de la infelicidad; aún, ante todo, Rilke exhorta vivir:


“… tengáis paciencia en todo lo que aún no ha encontrado solución en vuestro corazón e intentéis amar a las preguntas en sí como si fueran estancias cerradas, como libros escritos en un idioma desconocido. No busquéis respuestas que no se pueden dar porque de ser así no podríais vivirlas. Se trata de vivir todo. Vivid ahora las preguntas. Quizás, algún día lejano, conseguiréis poco a poco, sin notarlo, vivir la respuesta. Quizá tengáis ya en vos de crear y modelar como una forma pura y feliz de vivir; formaos con ese fin, pero aceptad lo que venga con gran confianza (…), aceptadlo y no lo odiéis.[7]


He ahí el mensaje central. Viva, amigo, viva y sin importar si es bueno o malo lo que le sucede en estos momentos, siempre vendrá algo más. Recordemos, la buena noticia de la vida es que nada dura para siempre, pero, la mala noticia es que, justamente, nada dura para siempre. Tratemos de no enemistarnos con aquello que nos rodea, sino todo lo contrario, aprendamos a aceptarlo. La muerte, el rechazo, la decepción, la frustración; todo ello nos permite vivir, al descubrir más y más del mundo, ¿y por qué no? Nos permite descubrir más de nosotros mismos. Concluyendo con el tema de la Decisión: nadie podrá ayudarlo, encárese consigo mismo, rastree si aquello que ama realmente es indispensable para vivir; sea ante todo fiel a usted mismo. No tenga miedo a la soledad, aprovéchela para poder encontrarse consigo mismo. Viva, y desde su íntimo universo, descubra su identidad.


Como puede ver, en la literatura nos permite desnudar y ensayar las ideas más complejas que aparentemente sólo era territorio del filósofo. La identidad es la decisión eterna que llevaremos con nosotros en toda nuestra vida restante, nuestra fiel compañera, y su primera formación sucede cuando somos realmente sinceros con nosotros mismos, cuando somos capaces de adentrarnos a la parte más oscura y temerosa de nuestro interior, para poder encontrar el amor de vivir en las cosas que encontramos en nuestra vida y nos decidimos eternamente por ellas. Es por todo esto, mi amigo, que le exhorto hacer de su vida un descubrimiento... Ahora, este tema seguirá, pero por el momento, considero que es una buena introducción al complejo concepto de la identidad. En otro momento, veremos la relación que hay entre la creación literaria y poética, con la identidad.


En fin, mi amigo, que el amor le inspire en sus acciones, y que el sufrimiento le enseñe más de usted mismo. Dejo al final, una cita de Rilke promovida por la película de 2019, Jojo Rabbit, protagonizada por los jóvenes, pero talentosos actores, Roman Griffin David y Thomasin McKenzie.


Deja que todo te suceda Belleza y Terror Solo sigue adelante Sin sensación es el final.



[1] Albert Camus, “escena 4, 1er acto” de Calígula, trad. Javier Albiñana (España: Ed. Alianza, 2019) pp. 21 – 23.

[2] Rubén Bonifaz Nuño. Luz que regresa. Antología (España: Col. Visor de Poesía, 2007), pp. 134.

[3] Søren Kierkegaard. “Libro Segundo: La Universalidad de esta enfermedad (La Desesperación)” de La Enfermedad Mortal, trad. Demetrio Gutiérrez Rivero. (España: Ed. Trotta, 2017) pp. 48 – 49

[4] Rainer M. Rilke. Cartas a un Joven Poeta. Elegías de Duino, trad. Emilio José González García. (España: Ed. Akal, 2018) pp. 11

[5] Ibidem. pp. 12

[6] Ibidem. pp. 32 – 33

[7] Ibidem. pp. 24

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