• Luis Ernesto González

#FugasLiterarias Dejar ir a la Poesía, para salir(nos) y ver(nos)


Estimado lector, con inquietantes nuevas me acerco a usted. Le exhorto que aquí, en este nuevo espacio de Radio Estridente, deje a un lado la triste razón y deje a la poesía llevarlo a la Vida. Sí, es probable que suene un tanto a cliché, una cursilería que posiblemente, para su servidor, no tenga la capacidad para salir de este común y desagradable estado; no obstante, por fortuna para nosotros, compartimos el idioma de Juana Inés de Asbaje Ramírez de Santillana, mejor conocida en las escuelas como Sor Juana Inés de la Cruz. Sí, quien era la cara del billete de 200; efectivamente, la Sor Juanita de nuestros serviciales policías.

Sor Juana, una de las figuras más omnipresentes de la literatura mexicana, hoy en día es también una figura de suma importancia tanto para el movimiento feminista actual, como para las mujeres que siempre han luchado contra la fácil postura superior que toman los hombres. Recordada, principalmente, por su famosa redondilla “Hombres necios que acusáis… :

a la mujer sin razón, sin ver que sois la ocasión de lo mismo que culpáis” [1]

Mas no acaba ahí el poema. Es, efectivamente, la redondilla más famosa, pero le siguen otras estrofas que acentúan el fuerte carácter de Sor Juana, y su capacidad reflexiva bien armonizada con la métrica, el ritmo del poema, y su rico y complejo vocabulario :


“Con el favor y desdén

tenéis condición igual, quejándoos, si os tratan mal, burlándoos, si os quieren bien.


Siempre tan necios andáis que, con desigual nivel, a una culpáis por cruel y a otra por fácil culpáis.” [2]

Una característica tanto de su literatura como de su persona que incluso, directores de la Academia Mexicana de la Lengua, como Francisco Monterde, quien fue director de la Academia por 15 años seguidos, ha reconocido:


Sor Juana, femenilmente, vivió – con el pensamiento – la existencia de otras mujeres y, sin haber dejado en realidad de ser doncella, se sintió desposada y viuda. Ajenas más que por propias experiencias en asuntos de amor, le permiten situarse en el lugar de la celada prometida, la esposa o viuda, cuyos sentimientos interpreta. Con ágil imaginación y fina sensibilidad, intuye, adivina lo que parcialmente le han confiado.[3]


Pero, regresando a dejarnos ir con la poesía, y recuperando la experimentada reflexión de Francisco Monterde. La estridente voz de Sor Juana, ya someramente explicada, demuestra que en la poesía hay una posibilidad de salirnos de nosotros mismos, y con una fina intuición, podemos vivir las experiencias ajenas. Una capacidad para poder conectar con aquello que jamás hemos podido, o, aquello que simplemente por uso de nuestra razón, no hemos podido conciliar. Como escribió alguna vez ella, en otro de sus reconocidos poemas, “Finjamos que soy feliz…”, donde aborda justamente el problema de la infelicidad a causa de la razón:


Para todo se halla prueba y razón en qué fundarlo; y no hay razón para nada, de haber razón para tanto. Todos son iguales jueces; y siendo iguales y varios, no hay quien pueda decidir cuál es lo más acertado.[4]


Sor Juana, con su justo, pero ya clásico carácter airado, entiende que el mundo no se sirve de razón, pues, la razón le sirve a todo aquél que pueda tener un enemigo. Es justo por ello que aquello que deseo para usted, estimado lector, es hacerlo ver el carácter ensayístico, reflexivo de los poemas; pero, también, la capacidad con la cual podemos conectar con emociones y vidas ajenas. En especial, con una mujer del siglo XVII, quien aún su voz trata de hacernos ver los errores que cometemos los hombres. La mejor forma de conocer el sentir de alguien, es leyéndola. Pero, además, también la poesía sirve para soltar ese yo, y abrazar lo lógicamente imposible. Gran lección nos recuerda, también, el exsecretario de educación pública de nuestro país, Jaime Torres Bodet, cuando escribe su íntimo, pero universal poema, “Civilización”:


Un hombre muere en mí siempre que un hombre muere en cualquier lugar, asesinado por el miedo y la prisa de otros hombres.

Un hombre como yo: durante meses en las entrañas de una madre oculto; nacido, como yo, entre esperanzas y entre lágrimas, y —como yo— feliz de haber sufrido, triste de haber gozado, hecho de sangre y sal y tiempo y sueño.